¡Buenos días!
Hoy hemos conocido a Noah, que estaba construyendo una torre altísima con mucho esfuerzo. ¡Pero un día el viento entró por la ventana y la torre se cayó! Noa se enfadó muchísimo. Tanto, tanto, que parecía que se había convertido en ¡un monstruo del enfado! Quería gritar, tirar cosas y romperlo todo. Pero el papá de Noah le dio un abrazo muy fuerte y le ayudó a tranquilizarse.
¿Alguna vez os habéis enfadado tanto como Noah?
A veces nos enfadamos porque algo no nos sale bien, porque perdemos un juguete o porque alguien hace algo que no nos gusta. Enfadarse no es malo, pero debemos aprender qué hacer con nuestro enfado. Nosotros también podemos respirar despacito, pedir un abrazo, buscar un lugar tranquilo o explicar lo que nos pasa. Y cuando estamos más calmados… ¡podemos volver a intentarlo! Porque lo importante no es no enfadarse nunca, sino aprender a calmarnos sin hacer daño a nadie.
Jesús, cuando me enfade mucho, ayúdame a respirar, tranquilizarme y hablar con cariño. Que mis manos sirvan para abrazar y no para hacer daño.
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